"La Humanidad no encontrará la paz hasta que no se vuelva con confianza a mi Misericordia" (Diario de Sor Faustina, 300)

miércoles, 27 de abril de 2016

"Deseo satisfacer a Jesús según la clase del pecado


"Deseo satisfacer a Jesús según la clase del pecado. Hoy, durante siete horas he llevado una cintura de cadenitas para impetrar por cierta alma la gracia del arrepentimiento; a la séptima hora sentí alivio, porque aquella alma en su interior ya recibía el perdón aunque todavía no se había confesado. El pecado de los sentidos: mortifico el cuerpo y ayuno según permiso que tengo; el pecado de soberbia: rezo con la frente apoyada en el suelo; el pecado de odio: rezo y hago una obra de caridad a la persona con la cual tengo dificultades, y así, según la clase de pecados conocidos, satisfago la justicia". (Santa Faustina Kowalska, Diario 1029)

"Con tu bondad has vencido, oh Señor, mi corazón de piedra"


"El alma: Con tu bondad has vencido, oh Señor, mi corazón de piedra; heme aquí acercándome con confianza y humildad al tribunal de Tu misericordia, absuélveme Tú mismo por la mano de Tu representante. Oh Señor, siento que la gracia y la paz han fluido a mi pobre alma. Siento que tu misericordia, Señor, ha penetrado mi alma en su totalidad. Me has perdonado más de cuanto yo me atrevía esperar o más de cuánto era capaz de imaginar. Tu bondad ha superado todos mis deseos. Y ahora te invito a mi corazón, llena de gratitud por tantas gracias. Había errado por el mal camino como el Hijo pródigo, pero Tú no dejaste de ser mi Padre. Multiplica en mí Tu misericordia, porque ves lo débil que soy.
Jesús: Hija, no hables más de tu miseria, porque Yo ya no Me acuerdo de ella. Escucha niña Mía, lo que deseo decirte: estréchate a Mis heridas y saca de la fuente de la vida todo lo que tu corazón pueda desear Bebe copiosamente de la fuente de la vida y no pararás durante el viaje. Mira el resplandor de Mi misericordia y no temas a los enemigos de tu salvación. Glorifica Mi misericordia". (Santa Faustina Kowalska, Diario 1485)

"Jesús mío, aunque los sufrimientos son grandes, Tú me sostienes"


"Jesús mío, Tú me bastas por todo en el mundo. Aunque los sufrimientos son grandes, Tú me sostienes. Aunque los abandonos son terribles, Tú me los endulzas. Aunque la debilidad es grande, Tú me la conviertes en fuerza. No sé describir todo lo que sufro; y lo que he escrito hasta ahora es apenas una gota. Hay momentos de sufrimientos que yo, de verdad, no sé describir. Pero hay en mi vida también momentos cuando mi boca calla y no tiene ni una sola palabra en su defensa y se somete totalmente a la voluntad de Dios, y entonces el Señor Mismo me defiende e interviene en mi favor y su intervención se puede ver incluso por fuera. Sin embargo, cuando advierto sus mayores intervenciones que se manifiestan como castigos, entonces le suplico ardientemente misericordia y perdón. Pero no siempre soy escuchada. El Señor procede conmigo de modo misterioso. Hay momentos en que Él mismo permite terribles sufrimientos, pero también hay momentos cuando no me permite sufrir y elimina todo lo que pudiera entristecer mi alma. He aquí Sus caminos impenetrables e incomprensibles para nosotros; nuestro deber es someternos siempre a su santa voluntad. Hay misterios que la mente humana jamás logrará penetrar aquí en la tierra, nos lo revelará la eternidad". (Santa Faustina Kowalska, Diario 1656)

"Oh Dios, con qué generosidad derramas Tu misericordia"


"Oh Dios, con qué generosidad derramas Tu misericordia y todo esto lo haces por el hombre. Oh cuánto amas al hombre si Tu amor hacia él es tan activo. Oh Creador mío y Señor, en todas partes veo huellas de Tu mano y el sello de Tu misericordia que abraza todo lo que está creado. Oh Creador mío piadosísimo, deseo rendirte homenaje en nombre de todas las criaturas con alma y sin alma y llamo al mundo entero a adorar Tu misericordia. Oh que grande es tu bondad, oh Dios". (Santa Faustina Kowalska, Diario 1749)

"A través de la Coronilla obtendrás todo, si lo que pides esta de acuerdo con mi voluntad"


CORONILLA A LA DIVINA MISERICORDIA
La Coronilla la dictó Jesús a Santa Faustina en Vilna (Lituania) entre el 13-14 de Septiembre del 1935, como súplica para aplacar la ira de Dios por los pecados del mundo.
"A través de ella obtendrás todo, si lo que pides esta de acuerdo con mi voluntad (...) Reza incesantemente esta coronilla que te he enseñado. Quienquiera que la rece recibirá gran misericordia, en la hora de la muerte los sacerdotes se la recomendarán a los pecadores como la última tabla de salvación. Hasta el pecador más empedernido, si reza esta Coronilla una sola vez, recibirá la gracia de Mi misericordia infinita. Deseo que el mundo entero conozca Mi misericordia; deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en Mi misericordia" (Diario 731,687).
“ Defenderé como Mi propia Gloria a cada alma que rece esta Coronilla en la hora de la muerte, o cuando los demás la recen junto al agonizante, quienes obtendrán el mismo perdón. Cuando cerca de un agonizante es rezada, se aplaca la ira Divina, y la insondable misericordia envuelve al alma y se conmueven las entrañas de Mi misericordia por la dolorosa pasión de mi hijo” (811).
CORONILLA A LA DIVINA MISERICORDIA:
(se utiliza un rosario común de cinco decenas)
1. Comenzar con un Padre Nuestro, Avemaría, y Credo (de los apóstoles).
Credo de los apóstoles:
Creo en Dios Padre todopoderoso,
creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor. 
Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo 
y nació de la Virgen Maria.
Padeció bajo el poder de Poncio Pilato.
Fue crucificado, muerto y sepultado.
Descendió a los infiernos.
Al tercer día resucitó de entre los muertos.
Subió a los cielos,
y está sentado a la diestra de Dios Padre. 
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, 
la comunión de los santos, el perdón de los pecados, 
la resurrección de los muertos, 
y la vida eterna. Amén.
2. En las cuentas grandes correspondientes al Padre Nuestro (una vez) decir:
"Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo,
la Sangre, el Alma y la Divinidad
de Tu Amadísimo Hijo,
nuestro Señor Jesucristo,
como propiciación de nuestros
pecados y los del mundo entero."
3. En las cuentas pequeñas correspondientes al Ave María (diez veces) decir:
"Por Su dolorosa Pasión,
ten misericordia de nosotros
y del mundo entero."
4. Al finalizar las cinco decenas de la coronilla se repite tres veces:
"Santo Dios, Santo Fuerte,
Santo Inmortal, ten piedad de
nosotros y del mundo entero."
5. Oración final (opcional):
“Oh Sangre y agua que brotaste del Corazón de Jesús como una fuente de misericordia para nosotros, en Ti confío.”

(Rezarla preferentemente a las 3:00 pm. “La hora de La Misericordia”)

"Cualquier cosa que haces al prójimo Me la haces a Mí


"El médico no me permitió ir a la Pasión a la capilla a pesar de que lo deseaba ardientemente; pero he rezado en mi propia habitación. Entonces oí el timbre en la habitación contigua, y entré y atendí a un enfermo grave. Al regresar a mi habitación aislada, de pronto he visto al Señor Jesús que me ha dicho: Hija mía, Me has dado una alegría más grande haciéndome este favor que si hubieras rezado mucho tiempo. Contesté: Si no Te he atendido a Ti, oh Jesús mío, sino a este enfermo. Y el Señor me contestó: Si, hija mía, cualquier cosa que haces al prójimo Me la haces a Mí". (Santa Faustina Kowalska, Diario 1029)

viernes, 26 de febrero de 2016

El pecado, la gracia y la Divina Misericordia


         Para valorar más el Sacramento de la Penitencia y para aprovechar al máximo la riqueza extraordinaria que supone el Año de la Misericordia, es conveniente reflexionar acerca de dos elementos de la vida espiritual: el pecado y la gracia santificante de Jesucristo, la Misericordia Divina encarnada.
         Con respecto al pecado, dicen los santos que es “la peor desgracia que puede acontecerle a un hombre en esta vida”. Es decir, para los santos, el pecado es peor que un terremoto, un tsunami, un incendio; es peor que otras desgracias, como la pérdida de algún ser querido, o la ruina económica, por ejemplo. La razón es que el pecado aparta al hombre de Dios, envolviéndolo en una densa tiniebla –tanto más densa cuanto más grave es el pecado- que le impide recibir los rayos de gracia de Dios, que es como un Sol divino que alumbra y da calor y vida a los hombres.
         El pecado surge del corazón del hombre, tal como nos enseña Jesús: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas: malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, engaños, sensualidad, envidia, calumnia, orgullo e insensatez” (cfr. Mt 15, 19).
         Para dimensionar la gravedad del pecado, consideremos –como nos enseña San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales- el pecado del Ángel caído, el de Adán y Eva y el de un hombre cualquiera.
         El pecado del Ángel caído: por un solo pecado –el pecado de soberbia, la alucinante pretensión de querer ser igual a Dios-, perdió el cielo para siempre, ¡para siempre! Nunca más podrá gozar de la visión de la Santísima Trinidad, nunca más podrá regocijarse en su Amor, nunca más podrá adorar al Único Dios Verdadero, Dios Uno y Trino. Además, está condenado para siempre a vivir en el odio, en la amargura, en la desesperación, y todo por un solo pecado.
         El pecado de Adán y Eva: por un solo pecado, perdieron la amistad con Dios y la vida de la gracia, fueron expulsados del Paraíso y a partir de ellos entró en la raza humana la enfermedad, el dolor y la muerte. También fue un pecado de soberbia porque, escuchando la Voz de la Serpiente y participando en su rebelión contra Dios, desobedecieron el mandato divino que les prohibía comer del Árbol de la Sabiduría. Por un solo pecado, perdieron lo más hermoso que tenían, que era la amistad con Dios: al hacer un acto de malicia, no podían estar más en Presencia de Dios, que es Bondad infinita, y por eso fueron arrojados del Paraíso. Además, todos los hombres, en adelante –con excepción de la Santísima Virgen María- nacemos con la privación de la santidad y justicia originales, porque su pecado afectó a toda la humanidad.
         El pecado de un hombre cualquiera: por un solo pecado mortal –tal vez ni siquiera cometido efectivamente, sino tan solo consentido con la inteligencia y la voluntad-, este hombre, al morir, se condena irremediablemente en el infierno, en donde tiene que padecer, además de la separación de Dios para siempre –lo cual constituye la tortura más espantosa- y los dolores físicos y espirituales producidos por el fuego del infierno, la compañía y visión horripilante de Satanás, de los ángeles caídos y de todos los condenados. Esta es la razón por la cual los santos afirman que el pecado es la mayor desgracia que puede acontecerle a una persona.
         Otro aspecto a considerar en el pecado es que, si bien produce un cierto placer de concupiscencia en el pecador –por ejemplo, el placer de la venganza, motivado por el pecado de la ira-, el pecado daña profundamente al alma, privándolo de la gracia; además, daña a la familia, a la sociedad e incluso hasta la Creación se ve afectad por el pecado del hombre. Pero el daño inconmensurable lo sufre Jesucristo, porque su Pasión –los golpes recibidos, sus heridas abiertas, su humillación- es consecuencia de nuestros pecados, porque Jesús muere en la cruz por nuestros pecados, por mis pecados personales.
         Ahora bien, frente a esta desgracia que supone para el hombre el pecado, Dios nos envía su Divina Misericordia, encarnada en Jesús, el Hombre-Dios, quien acude en nuestro auxilio con su Sangre derramada desde la cruz, lavando con su Sangre nuestras almas y quitando la mancha del pecado, al tiempo que nos da la vida de la gracia, que nos hace participar de su Divinidad. La gracia nos concede una vida nueva, la vida misma de Dios; nos hace partícipes de su santidad, de su Sabiduría divina, de su Amor eterno. Y también las obras se divinizan, de modo que el que obra en gracia obra lo que Dios quiere y no solo: se puede decir que Dios mismo obra a través del alma en gracia, porque es su instrumento y esto lo podemos ver de modo patente en las vidas de los santos. Si el pecado es la mayor desgracia que puede ocurrirle a una persona en esta vida, la gracia es la mayor dicha que este mismo hombre puede experimentar.
         Entonces, si la gracia es tan valiosa, como lo vemos, surgen alguas preguntas: ¿cómo conseguir esta gracia? ¿Cómo evitar perderla? ¿Cómo acrecentarla?
         Adquirimos la gracia a través de los sacramentos, y aquellos sacramentos que están más a nuestro alcance cotidiano, son la Eucaristía y la Confesión sacramental; es a través de los sacramentos que llega a nuestras almas la Sangre del Cordero derramada en la cruz.
         Evitamos perderla, rechazando toda “ocasión próxima de pecado” y pidiendo la gracia de “morir antes que pecar”, tal como pedía Santo Domingo Savio el día de su Primera Comunión.
         Por último, la acrecentamos obrando las obras de misericordia, corporales y espirituales, tal como las prescribe la Iglesia.
         Vivir en gracia es la mejor forma de honrar a la Divina Misericordia.